Reflexiones

Bienvenida, Nostalgia y, Hasta Siempre, Peter Pan

Hace poco quedé a cenar con unos amigos (técnicamente amigos de mi hermano pero, ya sabéis el dicho “mi casa es su casa” y todo eso) a los que no había visto desde hacía un tiempo. Unas semanas antes quedé a comer con otros amigos (estos sí que eran amigos míos también) a los que hacía bastante que no veía.

Los dos encuentros fueron geniales. Comida fantástica, una en el sitio de toda la vida y otra en uno al que nunca había ido, y compañía increíble. Fueron de esos encuentros en los que quedas a una hora pensando que como máximo estaréis otra hora u hora y media, sin darte cuenta, entre vacilada y vacilada, entre chiste y chiste, y anécdota y anécdota te han dado las tantas y tus planes para después se han ido al traste.

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Pese a ello, y a riesgo de parecer vieja, una vez llegué a mi casa y, ya con la emoción que solo un rato hurgando en el baúl de los recuerdos te puede aportar, me puse a pensar: Sí, las dos comidas habían sido geniales. No obstante, de las dos salí con un sentimiento agridulce en el estómago. Por un lado, era increíble mirar alrededor y ver a mis amigos de la infancia empezando a abrirse camino en el mundo. Por otro, me imponía un poco de respeto el hecho de lo rápido que iba todo. Y ahí es cuando me sentí vieja, cuando me dije a mi misma “¡Hay que ver qué rápido pasa el tiempo! ¡Hace nada estabas viviendo las anécdotas de la noche en carne y hueso!”

Rápidamente, tras un momento de bajón por sentirme vieja, identifiqué la sensación como una de las más populares de hoy en día: Nostalgia. Mirad, no sé si es cosa mía pero a cada año que pasa noto que de mi edad pa’ arriba añoramos muchísimo los años pasados. Tal vez sea el hecho de que la mayoría de esas personas pertenecen a los famosos Millennials y, por excelencia, esta es una generación con un amor devoto hacia lo vintage. O que con los tiempos que corren, nos refugiamos en la seguridad eterna de otras épocas de nuestra vida en las que todo parecía mucho más simple y menos corrupto.

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No sé qué es, la verdad. Lo único que sé a ciencia cierta es que un día era una niña. La que se pasaba el día viendo Disney (el que hablaba de temas importantes, no el de ahora ¿eh?). La que se escabullía las noches de finde para ver las pelis de Disney y las series antiguas que estaban remitiendo creyéndose guay porque sus padres no iban a echarle la bronca, ¿Mami tú sabías lo que estaba haciendo seguro, verdad?.  La que se levantaba en días de fiesta temprano (¡SIN QUEJA ALGUNA!) para poder ver El príncipe de Bel-AirLos Serrano. La enana que se pasaba la vida siguiendo a su hermano, a los amigos de este, a sus primos, y a demás compañía por el hecho de que decir ” Soy amiga de los mayores”, te compraba el respeto casi inmediato de los compañeros en el cole. Y la que hacía miles de otras cosas que no os voy a contar porque el objetivo de esta entrada no es ponerme triste recordando la infancia.

Luego un día me fui a dormir y, sin comerlo ni beberlo, me encuentro con que sigo siendo una mocosa, pero ya no tanto. Hace años que dejé de ver Disney, casi al mismo tiempo que acabó Hannah Montana. Rara es la noche (finde o no) en la que no me quedo despierta hasta tarde viendo tonterías en el ordenador. Ahora ya si es día de fiesta a mí se me deja dormir y cuidado con hacer lo contrario que por las mañanas muerdo. Sigo teniendo contacto con algunos de los “chicos mayores” pero ya no es como antes; ellos están casi todos con novia(cosa que me enternece y me resulta incompresible al mismo tiempo), empezando a currar (¿quién les iba a decir que trabajarían por voluntad propia?) o van dando tumbos por la vida porque es la etapa que les toca.

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Mientras tanto, yo fiel a mi tendencia de reacción lenta, he estado viendo a ver que hacían mis antiguos ejemplos a seguir con su vida para ver cómo quería llevar yo la mía… Lo único que me ha quedado claro de este proceso es que nunca se sabe 100% cómo quiere uno llevar su vida.

¡Ah! Y, por supuesto, vivo por estas cenas que he mencionado al principio de la entrada. Supongo que todos sabréis a las que me refiero: Las que te permiten volver a ser un niño despreocupado haciendo el tonto con los de toda la vida; dejando a la puerta del local los malos rollos de la vida adulta y el estrés que, inevitablemente, sentimos todos ante la incertidumbre del futuro.

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