Viajes y Experiencias

Ya lo decía Sinatra

Hace unas semanas, en Buscando a Musas Desconocidas, dije que nunca me había enamorado; en todas las demás entradas del blog, doy a entender que no sé qué quiero hacer con mi vida.

Bueno….. digamos que, en cierto modo, esas son dos pequeñas mentirijillas. La verdad es que el momento en que supe lo que quiero hacer con mi vida y en el que me enamoré, sucedieron al mismo tiempo. Lo que pasa es que ninguno de los dos tiene el significado que, supongo, le estaréis dando ahora.

Estoy enamorada de un gigante. De piel gris y sangre multicolor. Uno que habla y entiende varias lenguas, pese a que solo una es la de su país. Hace de hogar para muchos, aunque pocos son los que verdaderamente le pertenecen.

No es humano pero tiene más vitalidad que cualquier persona que jamás he conocido. Es fuente de inspiración y frustración para muchos por igual. Lo componen idealistas y luchadores, el arte y el dinero, los opuestos más opuestos que os podáis imaginar.

Es un lugar donde se fusionan vanguardia y tradición. Allí donde se respira el pasado, se vive el futuro, y el presente se convierte en un concepto desconocido que pertenece a otras realidades ajenas a los cinco órganos de mi gigante.

La Gran Manzana, La Ciudad Que No Duerme…Hay mil y un formas para referirse a esta ciudad cuyo nombre nombre oficial es Nueva York.

Sinceramente, si tuviese que elegir algo por lo que me enamoré de esta metrópoli. Ese elemento especial que la ha hecho el lugar perfecto para vivir a mis ojos. No podría especificarlo.

Puede ser por su gente: personas venidas de todos los lugares del mundo que siempre están dispuestas a abrir los brazos al que está donde ellos empezaron.

Tal vez sea el hecho de que hay suficientes cosas nuevas cada día como para no aburrirse pero se mantienen muchas tradiciones. Por ejemplo, la caída de la bola en Nochevieja o el alumbramiento del árbol de Navidad en Rockefeller Centre.

Puede que sea esa sensación que me entró en el cuerpo el primer día que paseé por sus calles y miré hacia los rascacielos. Me sentía pequeña pero grande a la vez. Para mi mente de 11 años, el hecho de que los humanos hubiesen sido capaces de construir esos altos edificios era suficiente prueba para saber que nada era imposible.

También ha contribuido el hecho de que todo el mundo tiene cabida en Nueva York. Ya seas hippie, emo o pijo. Desde mi punto de vista si tienes un sueño, agallas y no te rindes con facilidad, tienes lo que hay que tener para un buen comienzo en la Gran Manzana.

Definitivamente tiene algo que ver el mítico Sinatra. Pese al amor/odio que le tengo, no me cabe la menor duda que su New York, New York siendo parte de la banda sonora de mi infancia, es el mayor culpable de mi curiosidad por el gigante gris.

Pero puede que sean otras miles de cosas que no han sido identificadas por mi mente pero si por mí corazón. No lo sé, la verdad.

El caso es que en algún momento del camino desde el caos de Times Square, atravesando la paz de Central Park, bajando por las tiendas de la Quinta Avenida, haciendo un pequeño desvío hacia la calidez de Brooklyn, y yendo hacia la sencillez de Battery Park para coger un barco hacia la Estatua de la Libertad, me enamoré.

Lo estoy viendo en mi cabeza, volviendo a aquella primera vez. Pasó, como todo buen enamoramiento, lentamente y sin que me diese cuenta. Fue en aquel momento en el que salí a cubierta y me encontré entre la grandeza de La Estatua y los rayos de la puesta de sol reflejando sobre Manhattan.

¿Como iba a poder resistirme?

Y es que Nueva York es eso. Un lugar que te atrapa y se convierte en tu adicción. Por su estado salvaje, por su capacidad de hacerte sentir como en casa vengas de donde vengas, por su interminable energía y su brutal honestidad.

Como decía Frankie…. Extended la noticia, me marcho hoy. Quiero ser parte de Nueva York, Nueva York. Si puedo triunfar allí, puedo hacerlo en cualquier parte. Es tu decisión, Nueva York, Nueva York

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