Relatos

Galletas de chocolate con un toque de caviar

Lunes, 6.00 am, en Fulham (Londres)

Cayetana se despertó esa mañana algo inquieta. Tenía un presentimiento de que algo iba a pasar aquel día, que pondría de patas arriba toda su vida. De cualquier manera, conociendo su tendencia a dramatizar las cosas, decidió alejar ese pensamiento de su mente y ponerse en marcha con su rutina.

Se había mudado a Londres hace unos cinco años siguiendo a un chico del que se había enamorado locamente llamado David. A los 20 años dejó su vida en Madrid, a sus amigos y a su familia, y se mudó a un sitio desconocido para ella y cuyo idioma a duras penas hablaba. Desgraciadamente, su idolatrado príncipe resultó ser una rana mentirosa y aquello no duró más de seis meses. Aún así, Cayetana decidió quedarse en la ciudad (de la que también se había enamorado y que no le salió rana) y montar su propio negocio.

Así fue como, tras mucho esfuerzo y agobio, abrió su propia pastelería “The Fairy Cake Cafe”. Un lugar acogedor y bonito en pleno corazón del barrio londinense de Fulham. Además tuvo la gran suerte de que el local contaba con una pequeña buhardilla en el piso superior que ella convirtió en su vivienda. Los primeros años fueron difíciles, no sabía mucho inglés y nada de montar un negocio. Tuvo que aprender muchas cosas nuevas en muy poco tiempo. No obstante, no se arrepentía. Estaba muy orgullosa de su pastelería y le encantaba su barrio.

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Lo único que se le hacía más difícil era lo temprano que tenía que empezar a trabajar. Dormilona por naturaleza, le costaba horrores levantarse de la cama a las 6 de la mañana todos los días. Pero, de este modo, se aseguraba de tener tiempo para preparar algunos productos para los clientes que empezaban pronto su jornada laboral… Y de conseguir ingredientes gratis en la tienda de su amigo Daniel, lo que no estaba nada mal.

Aquella mañana, decidió empezar con una tanda de magdalenas de diferentes sabores: naranja, arándanos, vainilla y unas con azúcar glas. Asimismo, tenía que asegurarse de que sus galletas con virutas de chocolate no faltasen en momento alguno, ya que eran las favoritas de sus clientes. Así pasaron las horas hasta que, sobre las 8, oyó la campanilla de su puerta señalando que alguien había entrado.

Al ver quien era, no pudo evitar sonreír y ponerse a cantar la famosa canción irlandesa “Danny Boy”. Su amigo Daniel le miró con ganas de pocos amigos y le dijo en tono irritado:

-Sabes Caye, el hecho de que sea irlandés y pelirrojo, y de que me llame Daniel, no es excusa para que cantes la dichosa canción cada vez que me veas.

-Lo sé. Lo voy a seguir haciendo por mucho que me repitas eso.- le respondió ella

Resignado, su amigo le entregó su habitual pedido y se despidió prometiendo ir a verla a la hora de comer. Cayetana le volvió a cantar su canción mientras él salía de “The Fairy Cake Cafe”. Rápidamente su clientela habitual fue llegando y pidiendo lo de siempre. Algunos pillaban algo de camino al trabajo o a clase, pero la mayoría se sentaba en las mesas que había, haciendo que el local se llenase de alegres conversaciones y mucho ajetreo entre las idas y venidas de las personas.

A mediodía, apareció un cliente que Cayetana no reconoció. Era un hombre alto, de unos treinta y pocos, con el pelo castaño corto y unos ojos verdes que parecían penetrarle y llegar a lo más hondo de su alma. El desconocido iba vestido con un traje azul oscuro y una camisa blanca y tenía pinta de estar acostumbrado a ser el dueño del mundo.

Sonriendo, le preguntó que quería. Él le respondió que un café solo sin azúcar y una magdalena de azúcar glas. “Es un tío directo. No debe andarse con tonterías.” Sí, puede parecer un poco tonto, pero Cayetana había elaborado su propio sistema de clasificación de sus clientes según la bebida y la comida que pedían.

Mientras él se disponía a pagar. Cayetana le preguntó su nombre y si era nuevo en el barrio.

-¿No sabes quién soy?- le preguntó él divertido.

Ella se le quedó mirando de un modo que decía, “por algo te he preguntado, Einstein.”

– Julian Knox. ¿Te suena?- volvió a preguntarle. En cuanto vio que ella ya había caído en la cuenta de quien era, su gesto divertido se intensificó.

¡Julian Knox! ¡EL Julian Knox estaba en su pastelería! Julian era una de las grandes promesas del mundo culinario. A sus 30 años, tenía dos restaurantes con estrellas Michelin, uno en Dublín y otro en Londres. Por si eso fuera poco, Julian nunca había ido a la escuela culinaria. Por lo que Cayetana sabía, se había criado con muy poco dinero y todo lo que sabía lo había aprendido del legendario Charlie Price trabajando en su restaurante en Londres; primero fregando platos y, al ir ganándose su confianza, preparando todo tipo de platos que el chef le encargase.

Hace unos meses, se corrió el rumor de que Julian pensaba abrir otro restaurante en Londres. No obstante, al no saberse el tipo de restaurante ni en qué barrio, y sin que el Chef Knox lo confirmase, pronto se dejó de hablar del tema. El hecho de que estuviese en su local y hubiese probado algo de allí, era surrealista.

– ¡Bienvenido Chef Knox!- le dijó ella en un tono demasiado alegre,- ¿Qué le está pareciendo el barrio?- “¿Qué le ha parecido mi pastelería?” era lo que quería preguntarle realmente.

-Es… mono- le respondió él en tono condescendiente.- Como su cocina, Srta. Fuentes.

Y después de decir eso, le dirigió una mirada de superioridad y salió del local dejándole con la palabra en la boca.

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4 comentarios sobre “Galletas de chocolate con un toque de caviar

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