Reflexiones

Como la sal y la pimienta

La sociedad está empeñada en que dos opuestos no se pueden juntar bajo ninguna circunstancia. Miento, sí que pueden: en física y, supuestamente, en el amor… Al menos, así interpretamos lo de “los polos opuestos se atraen”. Por otro lado, en cuanto a la amistad se refiere, se nos enseña lo contrario.

Siempre se nos intenta demostrar que dos personas se hacen amigos porque tienen la mayoría de cosas en común. Se nos dice que, el curso natural de este fenómeno humano, tiene como objetivo a los que piensan como tú, a los que se visten como tú, a los que tienen tus mismo intereses.

Curiosamente, a mí nunca me ha funcionado este consejo. Actualmente de los amigos que elegí porque eran extremadamente parecidos a mí, no me habló con ninguno. Por otro lado, la vida puso amistades en mi vida por las que yo no hubiese dado un duro, que a día de hoy siguen en pie.

Amistades con gente que es mi opuesto absoluto. Amistades que las ves en papel y dices “estos duran dos telediarios”. Amistades que, en principio, solo tienen en común el lugar en el que se conocieron. Sin embargo, son amistades que de una manera inexplicable te complementan.

Esta, es una de una ellas.

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La verdad es que empezamos con mal pie. Ella dice que es que yo intimidaba, yo digo que es que ella era una tonta. Las dos nos veíamos demasiado diferentes como para hacer algún amago en ser amigas. Ella tenía un papel que representar y yo otro, y nunca había oportunidad que se mezclasen el uno con el otro.

Así estuvimos años y años. Cada una en su línea. Yo teniéndole manía porque mi papel lo exigía y, siendo realmente sinceras, por la envidia por ese pequeño asunto que no le revelé hasta hace unos años. No os diré cuál es, solo que lo conforma un simple “hola” que se quedó sin ser dicho. Ella encerrada en un círculo de amigos que tanta distancia puede poner entre dos individuos cuando se es pequeño.

Así fue pasando el tiempo hasta que, de algún modo, nos encontramos considerándonos amigas. No fue de la noche a la mañana. Ni de un mes a otro. Ni siquiera creo que fuese en un momento concreto. Simplemente fue un hecho que nos demostramos la una a la otra a través de actos y palabras que nos marcaron.

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Ella es la clase de amiga que siempre está. Es de esas que le pones un mensaje a las tantas de la noche diciendo “tia que me ha pasado esto” y al minuto te está llamando diciendo “¿qué puedo hacer para ayudarte?”. Sin que se lo pidas. Sin pedir nada a cambio. Es algo que le sale y punto.

Esa es una de las cosas que más me gusta de ella: su amistad no viene con un precio que te cobrará en el futuro. No es de las que sigue el ejemplo del dicho “por el interés te quiero Andrés”. Te ayuda porque sois amigas y eso es lo que las amigas tienen que hacer.

Tampoco tenemos esa clase de amistad inseparable que tanta gente quiere ahora. No sabemos todo la una de la otra. Ni estamos todo el maldito día hablando sin parar; para eso ya tenemos a otra gente. No me sé su color favorito, ni sus manías, ni sus secretos más profundos. Pero he sido “amiga” de gente de la que sabía todo eso y no me ha servido de garantía para la inmortalidad de la amistad que teníamos.

Es esa amiga que te hace muchísima gracia y te despierta un cariño increíble. Esas que solo se pueden describir como “monas” porque si las comparas contigo son tan buenas y tan dulces y tan todo, que solo pueden ser “monas”.

Es la que ha salvado a mucha gente de que yo les partiese la cara. La que ve venir a kilómetros  mi enfado y mis ganas de montar bronca y me agarra del brazo y me dice “no te merece ni un minuto de tu tiempo”. Es una de las pocas personas que me conoció de pequeña y no me echa en cara esa época de mi vida ni me hacer sentir mal conmigo misma por ella.

Es de esas que preferiría llevar una vida normal, lógica y tranquila, pero que renuncia a ella por ti. Es la que escucha mis planes de pava y los apoya incondicionalmente. La que me sigue el juego y se ríe conmigo de ellos. Es la que juega un papel en ellos sin importar la vergüenza ajena que vaya a dar (excepto por este último, que se le ha olvidado hacer su tarea).

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Por otra parte, es una de las pocas personas que estuvo allí cuando estuve en mi punto más bajo. La que me vio llorar y no intentó darme consuelo vacío, sino un simple abrazo. La que se sentó y me escuchó cuando muchos otros volvían la vista porque era un tema incómodo que rompía su burbuja feliz.

Así que, desde mi punto de vista, la sociedad se puede ir de paseo con su maldito empeño en separar a los opuestos. Porque los opuestos no solo se atraen sino que se complementan de una manera que nos hacen mejores. Porque puede que los opuestos sean más complicados y requieran mayor esfuerzo, pero sus frutos son bellos en la manera en que tan solo algo procedente de lo caótico y lo difícil puede serlo.

 

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