Reflexiones

Te quiero… durante 5 minutos

La entrada de hoy es completamente improvisada y de última hora. En principio no iba a escribir absolutamente nada. El de ayer fue un día sin novedades. Uno de esos en los que estuve de bajón sin saber muy bien porqué.

Para suerte del blog, y posible irritación de la fuente de inspiración, ese plan cambió alrededor de las 9 de la noche de ayer.

La situación en la que me encontraba era la siguiente: Estaba sentada con mi abuela delante de la tele haciendo un poco de zapping para matar el tiempo antes de irnos a dormir cuando le sonó el teléfono fijo.

La verdad es que a mí me sorprendió bastante. ¿Quién llamaría a mi abuela a esas horas de la noche? Los de Telefonica son muy pesados con las ofertas, pero hasta ellos tienen un final de jornada laboral. Mi sorpresa no hizo más que aumentar cuando vi que el que llamaba era mi hermano mayor.

Lo primero que pasó por mi mente fue ¡Olé mi niño y su don de la oportunidad!. No tenía ninguna gana de hablar con él y sabía que no había escapatoria, pues mi abuela está en esa etapa de la vida en la que usa cada truco posible para que la familia esté en contacto… Y esa vez no decepcionó: ignorando mis gestos de no hace falta que hablemos hoy me pasó el teléfono y me echó una de  esas miradas que solo las abuelas consiguen de tú de aquí no te mueves hasta que no hagas lo que te toca.

Así que, no queriendo oír un sermón de la matriarca de la familia, agarré el teléfono y solté un dudoso hola, ¿qué tal?. A lo que él respondió ey, ¿cómo estás?. Parecía más una conversación con un famoso o entre dos extraños que una charla entre hermanos.

Ahora bien, que la anterior descripción no os engañe. Mi hermano y yo nos llevamos estupendamente. Pese a las peleas, los años entre nosotros y la distancia, yo describiría nuestra relación cómo cercana y muy buena. Solo hay un pequeño fallo sin importancia…. no tenemos muy controlado eso de mantener la comunicación. Me refiero a que somos un desastre a la hora de mantener el contacto de manera regular cuando estamos separados, especialmente a través del teléfono. Yo no sé qué nos pasa con el dichoso chisme que nos hace parecer a los dos de las personas más sosas y antipáticas de la tierra.

No es de extrañar, entonces, que la llamada nocturna de ayer fuese un acontecimiento casi inaudito. Por otro lado, era justo lo que necesitaba para quitarme el bajón.

Veréis cuando digo que la relación entre mi hermano y yo es buena, lo digo en el sentido más especial de la palabra.

De pequeños éramos inseparables. Hasta tal punto que, como consecuencia de nuestro parecido físico, había veces en las que la gente se creía que éramos gemelos. Cosa que él, como hermano mayor que es, ODIABA con toda su alma.

Luego, él cuenta que tuvimos una larga etapa en la que él era súper cariñoso conmigo y yo era una cabrona de primera. Pero como yo de esta época no me acuerdo, la ponemos en duda y queda como no cierta.

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Para exasperación de mis padres, es al único al que hago caso sin rechistar. Me lleva recto, no, lo siguiente. Ya van siendo demasiadas las veces en las que le han tenido que llamar mis padres diciéndole: “oye, que tu hermana tiene examen mañana y no quiere estudiar. Llámale.” Y el santo de él, me llama y me dice “Niña a estudiar.” A lo que yo haciéndome la chula le digo que no porque no me da la gana y a mí no me manda nadie. Y él da por terminada la conversación con un “A ti nadie te ha preguntado ni que sí ni que no. Te he dicho que a estudiar y punto y final.”

Es el que cuando me sale mi genio, en vez de entrar al trapo, se ríe en mi cara y me dice “Barbarita que se te nota el día de nacimiento. Anda y dejáte de tonterías.” Yo me pasó la vida diciendole que de mayor vamos a tener que vivir uno al lado del otro porque sino no va a haber quien me saque de los problemas en los que mi genio me va a meter.

Es esa persona en mi vida a la que solo con mirar ya se lo que está pensando. Nuestros pensamientos están en total y absoluta sintonía. Podemos tener una mini conversación en silencio tranquilamente porque nadie se va a enterar.

El día en el que dijo que se iba a estudiar fuera casi me da algo. Os prometo que yo veía el fin del mundo. Ni la película 2012, ni segundo diluvio universal, ni leches; el fin del mundo era mi hermano yéndose fuera y dejándome tirada en casa para empezar su vida… Gracias a Dios, ahora ya no veo las cosas así y su estancia en la universidad ha pasado de ser el fin del mundo a ser simplemente una inofensiva distancia en una gran relación.

Por otro lado, continuando el tema de las conversaciones telepáticas y la inspiración de esta entrada, es mi cura para mis días de bajón… Como el de hoy.

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No sé vosotros, pero yo tengo momentos en los que simplemente me pongo a llorar sin razón aparente. Pero a llorar de esto que te miras al espejo después y dices “buah, si hay casting para Bea la fea me cogen fijo”. Ayer tuve uno de esos y cuando mi madre me preguntó si necesitaba algo, le dije : “un abrazo de mi hermano”.

Hablar con él hoy ha sido como tener ese abrazo pero de manera telefónica. Inmediatamente después de colgar me he sentido igual que si él hubiese estado aquí y me hubiese abrazado fuertemente y me hubiese dicho uno de sus “todo irá bien”. De esa manera, segura y tranquila, que siempre hace que le crea sin excepciones.

Supongo que el uso de esta entrada es hacerme darme cuenta de la suerte que tengo. A riesgo de ponerme aún más cursi de lo que me he puesto y de avergonzar más a mi hermano (que no es el fan número uno de las muestras públicas de cariño). Tengo suerte por llevarme bien con esa persona con la que estoy atrapada de por vida sin haberla elegido. Con sus fallos y sus virtudes; tanto las que he mencionado como aquellas más importantes que se quedan conmigo como un secreto preciado. Todos los que tenéis hermanos, sabéis él regalo que eso supone.

Para terminar, como esta va a ser la conversación más larga que he tenido con mi hermano en mucho tiempo, voy a despedirme de la manera de la que siempre lo hago con él.

Te quiero, Mutu. Vuelve pronto a casa.

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