Reflexiones

Paracaidismo figurado

Siempre le he tenido miedo a las alturas. No, miedo no. Auténtico PAVOR. Me da igual que me ponga en un balcón, en un trampolín, en una noria o de pie en una silla. Yo, si no toco suelo, grito. FIN.

Podría contaros miles de historias (literalmente) en las que se ha visto mi miedo: Cada día de Reyes asomada al balcón, cuando me subía en un telesilla cuando esquiaba, las veces que me he puesto de pie en una silla de mi casa para que me acortasen un pantalón que me servía también de calcetines… Muchísimas. Pero, hoy, me voy a centrar en dos.

La primera, sucedió más de una vez en verano. Cuando iba al campamento todos los años íbamos una o dos clases de natación a un trampolín que había en medio del lago. Dicho trampolín tenía un piso relativamente bajo y otros dos más altos. Lo que les gustaba  a todas (énfasis en “les”) era el momento en el que estabas en lo más alto del trampolín y, de repente, venía una lancha que hacía que el agua se agitase creando unas pequeñas olas que balanceaban el trampolín.

En ese momento, todas se ponían así:

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Y yo, pues así:

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La otra situación que os quería contar ocurrió más recientemente. Y me gustaría aclarar que es total y absoluta culpa de mi familia por haberme llevada sabiendo que tengo pánico a las alturas. Estábamos en Londres y alguien (todavía no se han declarado culpables ninguno de ellos) decidió comprar tickets para toda la familia para el London Eye. La autora de esta entrada incluida.

Así que nada más subirme, yo estaba de la siguiente manera:

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Añadiendo bastantes más lágrimas y gritos, por supuesto

La razón por la que os he contado estas dos historias, es porque ambas tienen algo en común: Su final. Acabé saltando desde lo alto del trampolín más de una vez con olas y sin ellas. También me subí al London Eye y, aunque fue casi al terminar, conseguí calmarme y disfrutar de la atracción.

Tuve miedo en ambos casos. Pero me armé de valor y acabé enfrentándome a él.

Hice, como yo llamo, un poco de paracaidismo figurado.

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Ahora, dentro de unos meses, volveré a hacerlo. Pero esta vez me enfrento a un miedo muy distinto que no es malo, si no que me produce alegría y emoción.

Tiene que ver com mi última entrada. Con la universidad.

Fui a ver una que me interesaba mucho (por la que finalmente me he decidido) y casi me dio un yuyú cuando fui. Era todo tan grande, tan distinto, tan desconocido. Por un momento miré a mi madre como diciéndole “¡Párame los pies! ¡Que me voy a estampar contra la pared!”. 

Creo que hasta ese momento no me había dado cuenta del cambio que va a haber en mi vida. Me voy fuera de mi casa, de mi país, con otro idioma y a vivir sola. Mi mundo va a dar un giro de 180 grados y, sinceramente, la mayoría de días que pienso en ello estoy cagada de miedo (perdón por la expresión).

Pero nada, nadie me ha parado los pies y parece que han decidido que si me la pego el daño no será tan grave.

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Y, poco a poco, también me lo voy creyendo yo. Simplemente tengo que compararlo con un trampolín. Al principio me dará miedo y me costará, pero al final me acabaré lanzando y estaré nadando en el agua y riéndome de mi tonto miedo.

Al fin y al cabo, no todo cambio tiene porque ser malo. ¿Quién sabe? Tal vez lo que encuentre al dar el salto valga la pena.

 

 

 

 

Un comentario sobre “Paracaidismo figurado

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