Reflexiones

Despedidas que dejan huella

Decir adiós siempre es algo que suele resultar difícil. Sobre todo cuando se sabe que será el último. O, mejor dicho, cuando te das cuenta de que aquel fue el último. Aquel que dijiste de manera descuidada, deprisa y corriendo, y del que ya ni te acuerdas porque dabas por hecho que le seguirían miles de otros más especiales y memorables.

Otros, que al final no llegan. Y, a veces, se convierten en arrepentimiento porque piensas que podrías haber hecho más, haber dicho más. A veces, te quedas con la sensación de que la persona que se ha ido te dio más de lo que jamás le pudiste devolver. Porque pensabas que habría tiempo.

También puede ser, que estas despedidas no realizadas se transformen en rabia. Por injusticia, por incomprensión. Al fin y al cabo, a ti no te importan esos consuelos que se dan en estas ocasiones porque es naturaleza humana el ser egoísta y lamentarse cuando nos arrebatan algo preciado.

Hay veces que lloras porque la despedida ha sido demasiado larga y dolorosa. Haciéndose de rogar. Causando los últimos estragos de dolor antes de arremeter con su golpe maestro. Y, aunque esté mal dicho para algunos, que injusta es la vida dando a unos tanto y a otros tan poco.

Finalmente, poco a poco, empezarás a aferrarte a aquellos recuerdos que ahora se entremezclan entre sí. Porque es la única manera de no olvidarte de esa persona. De acordarte de que existió, de que dejó una huella en tu vida que siempre será un pedacito de ti.

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¡Y hay que ver huella!

Me marcaste con tu carácter de armas tomar. Me marcaste con tu tolerancia. Con tu apoyo. Con tu cariño por aquellas que tanto significan para mí. Con tu voz ronca que tan familiar me era. Con tu cigarro en mano a cada momento como si de otra parte de ti se tratase. Con tus llamadas de mes (o incluso semanas) preguntando por nosotros.

Y con miles de cosas más, querida profesora, demasiado valiosas para compartir. Miles de pequeños detalles de los que siempre nos acordaremos aquellos que te conocimos y que tanto marcaste.

Donde quiera que te encuentres ahora, espero que estés bien. Espero que nos puedas ver y que te rías cada vez que veas alguna de nuestras tonterías. Esas que tanta gracia te hacían cuando estabas aquí.

Sobre todo, espero que sepas lo mucho que te quiero y que nunca te separes de mí.

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