Viajes y Experiencias

Irish at Heart

Nunca pensé que escribiría una entrada sobre el tema de hoy. Menos todavía, que lo haría con una cara terrible después de llorar unos 15 minutos. Sobre todo, no me puedo creer que algo tan tonto como la noticia que me han dado hoy, me llevaría a escribir sobre ello.

¿Preparados para saber la tontería?…. Me he enterado de que el sitio en el que siempre me alojo cuando voy a Irlanda acaba de cerrar permanente.

Lo sé. Sé lo que estaréis pensando. ¿Hay gente muriéndose de hambre y tú estás llorando por esto? ¿En serio?

SÍ. EN SERIO. Dejadme ser dramática en paz.

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Siempre he sentido recelo a hablar sobre Irlanda. Por dos razones:

  1. De pequeña no quería que nadie fuese a Irlanda y tuviese la misma maravillosa experiencia que yo. Irlanda, era mía. El resto del mundo podía buscarse otro sitio que visitar.
  2. Sabía que fuese lo que fuese que escribiese sobre ella no le haría justicia. Esta entrada incluida.

¿Cómo iba a hacerle justicia? Es imposible. ¿Cómo puedes poner en un pequeño post de nada una cosa que ha sido parte de ti desde que tienes uso de razón? Una cosa que prácticamente define tu infancia. Una cosa que te ha marcado tanto. Una cosa que te ha hecho tan inmensamente feliz. Una cosa que te ha dado la mejor experiencia de tu vida.

Es imposible. Aunque me convierta en una escritora magnífica, no creo que pueda poner en palabras lo que la pequeña isla esmeralda significa para mí.

No puedo expresar a través de una pantalla de ordenador cómo un sitio que conocí por primera vez hace trece años cuando yo tenía tan solo cinco, se ha convertido en mi hogar. Fui por primera vez antes de empezar Primaria, no tenía muy claro el concepto de raíces, ni de nacionalidad, ni siquiera hablaba español con propiedad, así que era pan comido que mi subconsciente y mi corazón aceptasen a este lugar y a esta lengua extranjera como algo propio de mí.

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Resultará incomprensible que sepa llegar al sitio del que hablaba al principio de la entrada sin necesidad de GPS. O que me conozca las calles de Bray como si de las de mi ciudad se tratasen y sepa ir a las casas de las personas con las que mi madre pasó los veranos de su juventud sin perderme ni una sola vez (aunque ayuda que tres de las casas estén en la misma calle, para que mentir). Tampoco se podrá entender que cada vez que paso por el colegio al que fui unos pocos meses sonría como una tonta y recuerde a aquella niña irlandesa que con seis años se convirtió en una de mis primeras amigas. Ni que cuando pase por la tienda de golf de Kilcoole me acuerde de ese amigo de la familia que nos volvía locas a todas o de mi corta afición al golf, un deporte que decidí que no era para mí porque no satisfacía mi necesidad de hablar. Parecerá una tontería que cada vez que pase por el supermercado del pueblo me acuerde de la primera vez que vi un arcoíris o de la manera en la que nos reuníamos todos al salir del colegio para comprar cromos de jugadores que luego intercambiábamos para completar la colección.

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Parecerá absurdo que en los cinco minutos que se tarda en llegar de Kilcoole al sitio al que decidí llamar casa, me sorprenda cada vez que veo que han construido una nueva casa. O que me ría con mi madre recordando como nos metíamos por un sendero de tierra que hay a medio camino para recoger moras que luego la dueña de la casa usaría para hacernos mermelada.

Sonará exagerado que cada vez que veo la rotonda que hay antes de entrar a mi casa irlandesa me empiece a latir el corazón porque sabe que ha llegado a donde debe estar. Se tachará de ridículo que esta chica de ciudad se sienta más feliz que nunca cuando se baja del coche y mira a su alrededor absorbiendo la granja en la que prácticamente se crió. También os parecerá difícil de creer que una de las comidas que más feliz me hacen son los scones con mermelada  y mantequilla acompañados de una buena taza de té. Cuantos más, mejor. Porque eso era lo que cenaba (e incluso desayunaba) nada más llegar a casa. Tampoco os creeréis que sonrío cada vez que mi vista va hacia la colina donde pastan las ovejas porque allí es donde la primera (y única) cometa que yo y mi hermano tuvimos se rompió, y que dicha sonrisa se hace más grande cuando miro a la derecha y mis ojos ven la red en la pista de tenis. Esa red que el dueño de la granja puso un día y mi hermano y el mejor amigo de este se encargaron de romper al siguiente. De ninguna manera, seréis capaces de aceptar que cuando pensaba en hogar, hasta hace nada en mi mente aparecía la imagen de la casa que se encuentra a la derecha del patio central de la granja. Aquella en la que viví los meses más felices de su vida. En cuyo salón vi el estreno de High School Musical 2. En cuya cocina el amigo de mi hermano se cayó de la silla haciendo el tonto y rompió la ventana que había, haciendo que tuviésemos que dormir tapando el agujero con un tablón de madera. En esa misma cocina fue en la que la famosa Nikita nos dio a probar a todos su comida india que todos escupimos nada más meternos en la boca porque en ese momento nos parecía asquerosa. Aquella casa en la que mi cuarto se encontraba al final del pasillo dando al jardín trasero. Aquel cuarto que un día decidí decorar con pegatinas porque “esa era mi casa y yo de ahí no me iba.” Aquella casa que dije que compraría cuando fuese mayor e incluso hice prometer a la dueña de la granja que me la guardaría hasta que tuviese el dinero suficiente.

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Os parecerá una tontería que tenga una rutina cada vez que vuelvo a Irlanda. Una lista de sitios a los que tengo que ir para que la visita esté completa. Tengo que ir a Glendalough, a tirar piedras al lago y a pasear por los senderos. Tengo que ir a Powerscourt, a visitar los jardines y pararme en la gruta del jardín chino, y visitar la tumba de Black Beauty aunque me den escalofríos pensando que el animal va a resucitar y a aparecer delante de mí. Tengo que ir a Dundrum, para ir un poco de compras y dejar la vida de campo por un par de horas.

Tengo que ir a Greystones. A pasear por sus acantilados. A pasar por delante de esa casa azul que da al mar y decir “jo, lo que yo daría por vivir en esa casa”. A ir a la calle en la que están las tiendas. A pasar por delante de The Happy Pear y comerme mis propias palabras porque yo no daba un duro por el éxito de esa tienda en Greystones y ahora está a reventar. A entrar a la pequeña librería que hay en la esquina y ver que leen los niños de ahora, a ver si se parece en algo a lo que yo leía en mi época. A comer un plato de pasta a Bochellis aunque a cada año que pase me parezca peor, porque en su momento era lo más de lo más y porque hay que hablar de esa incómoda noche en la que nos encontramos a nuestra profesora de apoyo y casi nos morimos de vergüenza.

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Obligatoriamente, tengo que volver a Bray. Porque hay que ir al paseo marítimo y echar un vistazo al sitio al que mi madre iba a bañarse de pequeña. Ese que ahora esta de capa caída y abandonado. Dependiendo del día, puede que hasta me anime a subir hasta Bray Head, aunque no es algo que pase de manera habitual. Lo que sí que es habitual, es ese 99 que me compro en el camino de vuelta  y que tan a gloria me sabe. Dependiendo de por qué lado vuelva y hacia donde vaya, pasaré por Presentation. Ese colegio de chicos que tan mitificado está en mi mente. Ese en el que “si juegas al rugby, eres el rey y si no, no eres nadie.” Pero si voy hacia otro lado, veré el McDonalds que hay cerca del ayuntamiento, ese que ha quedado en la historia como el sitio en el que nos encontramos con esos chicos que me parecían guapísimos cuando era pequeña. También mencionaré al restaurante griego que ya no está, para asegurarme de que verdaderamente existió y que mi mente no se lo ha imaginado; porque ya son tantos años que no sé distinguir lo que es verdad y lo que es producto de mi imaginación. A unos metros del centro, veré el Tesco grande y entraré por los viejos tiempos. Porque convertimos en tradición ir cada fin de semana a comprar uno de esos packs en los que venían cuatro películas que luego veríamos durante el fin de semana si no nos íbamos de viaje por el país.

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Os parecerá increíble que me alegre de ver a la gente con la que mi madre pasó los veranos de su infancia como si de mi propia familia se tratasen. Que cuando vaya a la casa de la hermana mayor me quedé mirando las fotos del pasillo un buen rato para volver a grabarlas en mi mente aunque ya las conozca de memoria. No os parecerá normal que cuando entre en la cocina, entre con un poco de miedo por si el gato que tenían cuando era pequeña a vuelto de entre los muertos para romperme mi nueva chaqueta. O que mire hacia el jardín y mi mirada no pueda evitar llenarse de nostalgia al ver el hueco vacío en el que antes había una cama elástica. O que asocie estar en esa casa con comer humus con zanahoria cruda y beber una copa de vino (o Baileys si tengo suerte).

Espero que os parezca entrañable que cuando vaya a la calle en la que creció mi madre, lo primero que hagamos sea llamar a la puerta de mi abuela irlandesa. A comprobar que sigue siendo esa mujer con un fuerte carácter y una personalidad aún más fuerte pese a que la edad ya va pasándole factura. Y que me emocione cuando veo que tiene un nuevo par de zapatillas de estar por casa para darme, porque sé que se ha pegado un buen rato cosiendo para dármelas nada más verme. O que luego vaya a la casa de al lado, a ver a la segunda pareja que acogió a dos de mis tíos y me siente con ellos en el comedor a ponernos al día. Y que mientras me encuentre allí sonría mirando al jardín, porque allí está el columpio en el que nos sentábamos a pasar tardes enteras cuando éramos pequeños y no aguantábamos estar sentados escuchando a los adultos hablar.

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Supongo que os parecerá absurdo que, cuando vi al hijo mayor de la hermana irlandesa de mi madre en casa por primera vez en años, la penúltima vez que estuve en Bray, me sintiese descolocada por un momento porque su presencia no era algo que entrase en mis planes. O que cuando miro a los gemelos me sienta rarísima viendo que ya son adultos en toda regla porque en mi mente siguen siendo adolescentes que siguen jugando al golf y yendo al pub a tocar canciones irlandesas. Hablando de canciones irlandesas, no os creeréis que cada vez que escucho Wild Rover doy golpes al techo del coche cantando a pleno pulmón o que Molly Malone fue la primera canción que aprendí en inglés. Ni que cuando estoy nostálgica me pongo a escuchar Whiskey in the jar, The Black Velvet BandSpancil Hill, Ireland’s Call y The Corrs. O que no quede ni rastro de mi estancia en Irlanda en mi inglés actual excepto por el hecho de que cuando hago un brindis me parece más natural decir Sláinte que Cheers.

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Definitivamente os parecerá una auténtica estupidez que considere que Irlanda es mi hogar, igual o más que España. Pero así es y seguramente así será. Porque una parte de mi corazón siempre será irlandés. Y una parte de mis raíces. Y una parte de mí siempre querrá decir que soy española de mente e irlandesa de corazón.

Y es que si los irlandeses tienen suerte no es por los tréboles de tres hojas ni de cuatro, si no por el simple hecho de vivir en esa isla esmeralda que tan especial es para mí.

Unknown

2 comentarios sobre “Irish at Heart

  1. Vaya, mañaña mismo me iría a inundarme de esa magia que experimentaste en un lugar tan especial, que sin duda has grabado en tu corazón!
    Millón de gracias por tu generosidad al compartir lugares, experiencias y sentimientos tan tuyos.
    Sigue sintiendo consciente cada paso que des, perdurarán vivos siempre en tu recuerdo.

    Me gusta

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